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Yo también me he de sumar al MeToo de Luis García

por Benigno Varillas, 

director de la revista www.elcarabo.com 

He de confesar que hace como 14 años, Luis García me invitó al anillamiento anual de Zampullín cuellinegro en las marismas del Odiel y cuando llegué a la cita me dijo que me recomendaba ponerme un traje de baño. Como no lo traía, me dijo de quitar los pantalones y quedar en calzoncillos, que allí estabamos entre amigos, para entrar en las balsas. Era mejor, ya que así el fango lo podría quitar con más facilidad que de la ropa, además de que cuanto menos ropa mejor si hace frío, para que la humedad no acentúe el mismo.

Le hice caso y en esta tesitura él, que estaba filmando y haciendo fotos a todo y a todos, aunque el motivo de ir cámara en ristre no éramos nosotros, sino los zampullines, cuyos detalles filmaba, así como las anillas y todo lo que le aportara información, captó también en plan jocoso fotos mías en paños menores, lleno de barro y en situación dificultosa. Nunca pensé que aquella famosa operación de anillamiento, a la que había cola para apuntarse, y a la que finalmente pude ir un año, era en realidad una encerrona para fotografiarme medio desnudo. Incluso pienso que este anillador es un bicho raro por gustarle también los hombres maduros poco agraciados, ya que me sacó muchas fotos. 

También a mi me filmó subiéndome al techo de su vehículo y haciéndome fotos de espaldas sin yo darle permiso. Cómo iba a imaginarme que el ambiente de camaradería y confianza que reinaba entre los asistentes al anillamiento, y cuando íbamos en su coche por las pistas de Doñana, era una trampa malévola para obtener fotos de mí por la espalda y sin permiso. Como no quiero ser injusto, diré que muchas otras fotos le rogué me las hiciera, a él, y a otros allí presentes, como recuerdo de aquella experiencia memorable. Las que hizo sin más, me sería ahora muy fácil decir que no se las consiento ni aunque fueran en plan de broma amistosa.

Así que también me sumo al Metoo, como víctima de acoso por Luis García. Salir al campo con él no era, pues, una experiencia maravillosa y no fácil de conseguir ya que las plazas eran limitadas, que él te proporcionaba por el interés que le suscitara tu actividad o aspiraciones, por unas faldas o cualquier otra cosa que le atrajera, como escribí en la revista Quercus hará veinte años, sino para fotografiarte a saber con qué fines, bien es verdad que lo de a hurtadillas pocas veces, porque durante todo el tiempo este hombre no hacía otras cosa y su obsesión por tirar fotos era bien evidente, fuera a la aves, a las que más se las hacía por ser su trabajo, a todo bicho que se tropezara, al paisaje, a la basura abandonada en el campo por desaprensivos, a las vallas o a cualquier alteración realizada por los del parque que se supone deben velar por él. También a los que le acompañaban a hacer avistamiento de fauna, pobres voluntarios, a los que castigaba con un abrumador trasvase de conocimiento y experiencia de campo, que para qué vale y a quién interesa. 

A mi me hizo muchas fotos, bien es verdad que nunca las he visto y dudo las pueda nunca ver nadie, y mira que se las he pedido, porque yacen entre decenas de miles de fotos de aves, sin ordenar ni etiquetar, que llenan decenas de discos duros pendientes de tiempo para hacer esa guía de las aves que siempre soñó y entra las que encontrar las mías será como buscar una aguja en un pajar.

Lo que animó, pues, a Luis a salir al campo a las siete de la mañana cada día desde hace 50 años, era, ahora me percato, hacerme fotos, a mí y a otros. Sus cuadernos de campo, avisos de la degradación de los ecosistemas, de las molestias a los nidos, etcétera, eran mera tapadera, aunque para ser justo he de decir que la mayor parte de esos 50 años pateando Doñana los anduvo en solitario. Solo cuando le empezaron a flaquear las fuerzas formó a un ejército de voluntarios y una escuela de rastreadores. 

Querer registrar a todo ser viviente que pulula por Doñana fue su profesión. Que se extralimitara trasvasando a alguno de nosotros la condición de bicho a fotografiar –a mi por lo menos me hizo mucha foto– no se le debe perdonar. Sin disculparle otros pecados que cometiera, y yo desconozca, y me solidarizo con toda mujer con la que se haya excedido filmándola, ya solo por esas fotos que me hizo a mí le considero acreedor de apedreamiento. Que nadie apunte a la cabeza, que así se le podrán tirar piedras durante mucho más tiempo.

Hace tiempo que tengo previsto aclarar al mundo quién es Luis García y todos esos rastreadores profesionales que hay disfrutando de la naturaleza, trabajando al aire libre, en los lugares más hermosos de España. Este lío que se ha formado alrededor de Luis creo me hará dar prioridad a ese propósito, postergando el tomo “Crecer en Lo Libre con una infancia montaraz” o el de “Irradiar Lo Libre con el poder de la palabra hablada” que eran mis candidatos como próximos títulos de la colección La Estirpe de Los Libres con la que trato de superar este neolítico patriarcal que tanto agobia, y mucho más a las mujeres y a los niños.

Analizar el porqué del magnetismo de los seres libres y, en qué medida, quien quiera una vida en libertad, cuando la ley permita habitar en medio del campo para producir y proteger la biodiversidad, tendrá que hacerlo de forma distinta a como lo han hecho hasta ahora ese puñado de personas que encontraron un resquicio en el sistema para disfrutar de la naturaleza. No me refiero al lamentable embrollo que suscitó este texto, sino a otros aspectos, claves para la transición ecológica que hemos de hacer.

Aprovecho para pedirle al CSIC que ya que quiere reparar agravios, retire a Google el permiso que esa multinacional dice en su web tener del CSIC para piratear mis libros desde hace diez años, los 7 tomos de las memorias de Valverde, el primero de esos rastreadores profesionales de Doñana, que abrió el camino al resto, y cuya versión ilegal hasta el diario El País afirma en sus páginas haber utilizado para citar y documentarse sobre Luis García, lo que prueba la gravedad de mi denuncia.

La digitalización de esos libros sí que se ha hecho a mis espaldas y sin autorización. Los daños económicos causados por el CSIC, Google y Amazon son grandes, porque como editor legítimo no he podido llegar a cubrir gastos, al no haber vuelto a recibir un pedido de esos libros. El daño moral es aún mayor, por lo que significa que un grandullón avasalle al débil, pequeño e indefenso, que puso lo mejor de si mismo en editar esas memorias, que lo son de Valverde y de todos los naturalistas españoles, ya que narran su origen. No se las compres a Amazon, ni permitas al CSIC y a Google avasallarnos, que Publicaciones del CSIC firmó conmigo un contrato que les prohibe comercializar estas obras fuera de su circuito y no tienen permiso para venderlas unos ni digitalizarlas los otros. Pídeselas al que las imprimió. Se solidario y adquiérelas en www.elcarabo.com.